LOS MICROBIOS EN LA ENFERMEDAD,EN LA GUERRA Y EN LA LITERATURA

Franz Kafka
Caerá o no Caerá
Guerra biológica
Expresiones o sicodélico
Materia en microscópio

Los microbios en la enfermedad, en la guerra y en la Literatura

La intervención nociva de los microbios, ya sea como origen de enfermedades o por su uso como arma en la denominada “guerra biológica”, así como su influencia en el sentimiento de miedo, el concepto de tiempo o en lo que se refiere a aspectos sociales y religiosos son asuntos que han preocupado a grandes literatos de ayer, hoy y siempre.

Prof. Carmen Maroto Vela. Catedrática de Microbiología. Académica de Número de las Reales Academias Nacional de Medicina y de Granada

En términos genéricos, la diferenciación entre la bondad o la maldad es muy díficil. Ya Kant, en relación al Bien absoluto decía “El cielo estrellado encima de mí y la ley moral dentro de mí, son la prueba de que hay un Dios encima de mí y Dios dentro de mí”, y según Muñoz Molina, “la principal diferencia entre el bien y el mal radica en que el mal resulta siempre más fácil, más rápido, incluso más brillante”. Pues bien, dentro de la Medicina los microorganismos pueden ser el ángel bueno –el bien– y el ángel malo (el mal), respectivamente. El ángel bueno, el Ariel, estaría representado por el conjunto de microorganismos que sólo reportan al ser humano beneficios como la acción sobre los procesos fermentativos, o sobre el ciclo de la vida, etc. Por contra, el ángel malo, el Calibán, reportaría drama tragedia, destrucción y muerte. Estaría formado por aquellos pequeños seres responsables de enfermedades o de aquellos otros que, siendo manejados por otros seres humanos,también causarían muerte y destrucción. Sería la idea ya citada por Paul Valéry de “la horrible facilidad de destruir”. Esa facilidad para destruir vendrá dada, en el caso de los microbios, por dos aspectos que vamos a ver ahora: la denominada “guerra bacteriológica”, y los procesos clínicos, es decir, la enfermedad.

Empecemos por la guerra bacteriológica. En términos generales, se entiende por tal el empleo intencionado de agentes productores de enfermedades infecciosas o parasitarias y de sus productos tóxicos, con la finalidad de causar al ejército contrario el numero de bajas suficientes para que sus defensas disminuyan.

Análogos efectos se podrían conseguir, aunque de un modo indirecto, haciendo actuar estos agentes sobre animales domésticos o sobre las cosechas que sirven de base y sustento al ejército y a la nación atacada. Este concepto, que ha sido considerado “clásico”, hoy en día se ha visto ampliado ante la posibilidad de la utilización de dichos agentes, no sólo en momentos de guerra y por los efectivos de un ejército, sino en estados de paz y por grupos extremistas aislados, bien de terroristas, radicales religiosos, etc. Desgraciadamente, éste es nuestro presente.

En general, podemos decir que para que un agente microbiológico sea capaz de producir graves problemas sanitarios, debe reunir varias características: ser muy virulento, fácilmente manejable, capaz de producir lesión a bajas dosis, dar una clínica poco clara al comienzo de la epidemia para retrasar su diagnóstico y favorecer así su diseminación, y que se puedan utilizar cepas resistentes a los antibióticos conocidos, etc. En definitiva, muy virulento, resistente a los antibióticos o desinfectantes, que no existan vacunas, difícil de detectar y muy difundible. Y sus formas de diseminarse pueden ser por el aire (mediante aerosoles), la contaminación de alimentos y de aguas a través de ríos o pantanos, o incluso mediante otros animales como los artrópodos.

Con la finalidad de defenderse ante estos posibles ataques se han creado una serie de protocolos internacionales que comienzan el año 1925 en Ginebra, prohibiendo el uso en guerra de gases así como de métodos bacteriológicos.

Posteriormente se han hecho revisiones en 1964, 1971 e incluso en 1972, con no excesiva repercusión. En 1994, la ONU decidió realizar inspecciones que verificaron su cumplimiento mediante diferentes métodos, que abarcaban desde la obtención de imágenes por satélite de los laboratorios sospechosos hasta inspecciones “in situ”, y posteriormente, se ha realizado otra revisión en 1996. Como consecuencia del “11 de Septiembre”, diversos países del mundo están aunando sus esfuerzos para conseguir un frente común contra el terrorismo, así como el planteamiento de medidas generales de prevención, mejoras en los posibles diagnósticos y en la rapidez de los mismos.

Evidentemente, si existe el mal en el uso de los microorganismos, el ejemplo más típico es el de la guerra biológica. Aquí ni las bacterias ni los virus son patógenos en sí ni producen enfermedades, sino que es el propio ser humano el que los utiliza y los manipula contra otro ser humano. La existencia de ejércitos irresponsables, de terroristas sin ningún tipo de sentimientos y de radicales irracionales son algo que se mantiene como posibilidad. Todos ellos, ejerciendo su libertad mal entendida, coartan la libertad de otros seres humanos y desarrollan el mal en sí, valiéndose de los microorganismos.

Hoy en día cualquier grupo de individuos puede, fácilmente, contaminar el agua, el aire, el suelo o los alimentos al mismo tiempo que crea en la población un estado de pánico. Por eso, las autoridades castrenses y civiles, pero sobre todo las sanitarias deben ser conscientes de su propia responsabilidad, porque como decía Meselson, Decano de la Universidad de Harvard, haciendo suya una frase de Rabelais, “la Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma.”

El segundo aspecto nocivo de los microbios, que vamos a tratar es el de la enfermedad. En cualquier caso, la enfermedad por microorganismos patógenos es prácticamente connatural al hombre, porque según Mann, “ser hombre es estar enfermo”, siendo la enfermedad el “primun movens” de todo tipo de hipotética actividad y comportándose como un catalizador capaz no sólo de modelar los hábitos rutinarios de la vida, sino además de flexibilizar el código espiritual y moral del individuo. Así por ejemplo, el gran pintor Modigliani, conocedor de que su proceso tuberculoso que avanzaba implacable, anunciaba la lúcida aceptación de un destino fuera de lo común, que sabía inevitable, que le excitaba, que le estimulaba y que le iba a llevar a la muerte. A pesar de eso, su vida continuó hacia delante, poderosamente marcada, haciéndole exclamar: “Ten por sagrado todo lo que pueda exaltar y excitar tu inteligencia: afírmate y supérate sin cesar”.

Igualmente, el mismo bacilo tuberculoso marcó la vida de otro gran escritor, Franz Kafka, llevándole a adquirir unas características psicopatológicas totalmente específicas y que, según Alonso Fernández, le llevaron a describir su vidad de la siguiente forma ” una imagen de mi existencia podría ser una estaca inútil, cubierta de nieve y escarcha, ligera y oblicuamente clavada en el suelo, en un campo removido hasta lo más hondo, al borde de una gran llanura, en una oscura noche de invierno”. Es díficil hacer una descripción más dramática, más patética de la propia existencia.

En general, la enfermedad infecciosa, sea cual sea el agente patógeno que la produzca, ha llevado al ser humano, ya lo hemos dicho repetidas veces a considerarla como el mal supremo. Como es lógico, no es el momento de hacer una enumeración exhaustiva de todos los microorganismos capaces de dar lugar a toda esa serie de problemas, a describir todas sus acciones, ni el porqué de ser considerados como el tan citado mal supremo. Simplemente, vamos a analizar cómo la enfermedad ha llevado al hombre a adquirir toda una serie de posturas que, en condiciones de salud, no adoptaría y a adquirir una serie de sentimientos, dificilmente comprensibles en situaciones normales. Dentro de todos ellos, vamos a comentar el problema del miedo, el concepto del tiempo, el del amor, el de la muerte, así como los cambios socio-religiosos que pueden surgir como consecuencia de la enfermedad causada por uno o varios microorganismos.

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