Los médicos "del agua"

Los médicos “del agua”

El agua ha sido empleada como tratamiento de enfermedades de los primeros tiempos, sin embargo, el uso del conocido como “líquido elemento” con fines terapéuticos está registrada, documentalmente, por primera vez en España en el siglo XIII para tratar las fiebres. Será después, en el XVIII, cuando este indispensable bien se utilizará para curar o paliar síntomas de algunas enfermedades como el cólera por los conocidos como médicos “del agua”.

Dr.Ángel Rodríguez Cabezas. Miembro de la Asociación Española de Médicos Escritores y de la Sociedad Española de Historia de la Medicina

Es necesario, para el desarrollo de esta historia, situarnos en la España del siglo XVIII y en su ambiente médico, vacío de métodos diagnósticos y repleto, sin embargo, de terapéuticas tan agresivas como ineficaces. El desamparado enfermo era generalmente agredido por una “turba medicorum” cuyos componentes iban propinando al paciente sucesivamente una serie de remedios, que sólo servían para confirmar la capacidad defensiva con que al organismo humano dotó la madre naturaleza. Las sangrías, las sanguijuelas y las ventosas, utilizadas hasta bien entrado el siglo XX, junto con las fricciones, los sinapismos, los vejigatorios o cantáridas, los terribles fontículos, los cauterios de todo tipo, las moxas de yesca o el sedal o ventoleta eran algunos de los remedios que los galenos de entonces o, por delegación, los ministrantes administraban a los pacientes enfermos que soportaban con heroico estoicismo este aterrador arsenal terapéutico sobre su maltrecho cuerpo.

En tiempo de Hipócrates, ya se empleaba el agua para curar heridas y calmar la quemazón originada por las fiebres.

En estas situaciones el sólo anuncio de un elixir o método de tratamiento algo menos inocuo era acogido con expectación ilusionada. Y así, en una rápida ojeada a la historia reciente, podemos recordar las propiedades curativas del ‘hongo’ que hizo su aparición en todas las ciudades y pueblos de España en la década de los cincuenta, al que acudían tanto los que estaban necesitados de más vigor psíquico o físico o incluso sexual, que tanto daba, como los que sufrían un mal científicamente incurable, en los que se aplicaba, en principio, con parecido crédito. Antes de cumplir un lustro su fama milagrera acabó quedamente, como ya había sucedido antes con la trigeminoterapia o cualquier otra terapéutica que sólo servía para alentar en las gentes una falsa esperanza en una curación fácil o en la búsqueda infructuosa de la permanente juventud.

Pero, a pesar de todos los desencantos, el hombre no pierde nunca su esperanza ilusionada y de ahí, al hilo de estas consideraciones, la historia que me propongo narrar, que aparece muy dispersamente relatada en publicaciones de la época y que yo tomo de las de los doctores Carlos Rico Avelló y Ramón Díaz Mora, éste último de la localidad cacereña de Garrovillas, donde relatan esta página de la Historia de la Medicina, complementando Díaz Mora lo que calla Rico Avelló.

El doctor Vicente Pérez, en el siglo XVIII, establece que el agua es el remedio universal de todas las dolencias.

Buscando algún otro material bibliográfico o alguna noticia para hilvanar mejor este relato, me topé con el buen cirujano, excelente poeta y mejor amigo, el doctor Vicente Pérez Garrido, que me hizo ver la coincidencia de su nombre y apellido con los del llamado “médico del agua”. Dando yo por hecho que en los catorce versos de un soneto, y él va ya por los seiscientos, cabe toda la información posible, y que esta coincidencia de patronímico no se debería solamente a la casualidad, seguí indagando sobre sus conocimientos en relación con este relato, sin obtener, para mi desgracia, ninguna otra información adicional. Eso sí, me prometió un soneto que viniera al caso y lo cumplió.
Dice así:

Si alguna vez llegó la Medicina
a sublimar el arte de Galeno,
alta cumbre sería la peregrina
mente del sanador, que el mal ajeno
curar busca con agua cristalina
y evita otro remedio cual veneno,
que eso es para él hasta la quina,
pues lo que cuece Alquimia
nunca es bueno.
Por eso en mi recuerdo el
“médico del agua”,
con quien comparto nombre y apellido,
resuena como el yunque de una fragua
donde mi cuerpo fuera modelado
a golpes de martillos y fundido
con quien pudiera ser mi antepasado.

El agua ha sido empleada como tratamiento de enfermedades desde los primeros tiempos. Es difícil, al relatar una página de la Historia de la Medicina, evadir la cita de Hipócrates. En su tiempo ya se empleaba para curar heridas, llagas, ulceraciones, para calmar la quemazón de las fiebres, así como en pruritos y otros males externos e internos.

Grabado alemán que refleja diversos modos de utilización terapéutica del agua por inmersión.

Sin embargo, entre nosotros, los primeros antecedentes que tenemos es un libro de texto, “Medicina castellana”, de un médico judío del siglo XIII de Toledo, donde se cuentan las ventajas e inconvenientes del agua de nieve en el tratamiento de las fiebres. Ninguna otra referencia hasta tiempos de Francisco Franco, sevillano que junto a Nicolás Monardes ejerció la Medicina en el siglo XVI y que aplicó ‘el agua bien de nieve o el beber frío y caliente en el tratamiento de muchos padecimientos’.

No siendo por aquel entonces, como no lo son ahora, baratas las boticas, ante cualquier enfermedad el galeno recetaba emplastos, ungüentos, purgantes, vomitivos y sanguijuelas, que dejaban en franca ruina la economía familiar si el mal se dilataba más de lo deseado, y siendo España un país donde la desertización no había aún comenzado, y donde los manantiales eran limpios, abundantes, de agua clara, cristalina y milagrera, se comprende fácilmente que la hidroterapia en exclusividad fuese muy bien acogida por nuestras gentes y más al comprobar que la evolución del mal, ya terminase en curación o fallecimiento, se prolongaba el mismo tiempo, bien se tratase con los remedios clásicos o bien, simplemente, por medio del agua.

Desde los tiempos de Francisco Franco y Monardes hasta el comienzo de nuestra historia son muchos los intentos para introducir el agua de una vez en la terapéutica, sin que nunca se consiga, porque la indicación siempre va seguida de la polémica, que desanima a los galenos y desorienta a los enfermos. Por tanto, ahorro al lector muchas citas innecesarias, y así nos situamos en el año 1747 y en la villa de Pozoblanco de los Pedroches, de donde parte, camino de la Villa y Corte, su médico titular, el doctor Vicente Pérez. Animado por el buen éxito obtenido en su población al utilizar el agua en una ‘mortífera epidemia’ que allí se desató –probablemente cólera-, y habiendo ya ‘agotado boticas’, se asocia en Madrid, con objeto de dar a conocer su método, que no es otro que tratar todo tipo de males a través del agua, sea de nieve al exterior o alterando su temperatura, si así conviniese, al interior, se asocia, digo, con su amigo Carvallo y el agustino Fray Vicente Ferrer y Beaumont, formando una curiosa sociedad, cuyo objetivo es, al parecer, divulgar el novísimo método que pronto llega a Santa Cruz de Mudela y a Córdoba.

Enseguida aparecen publicaciones del doctor Vicente Pérez dando a conocer las portentosas virtudes terapéuticas de su método y pronto también el entusiasmo y optimismo prende entre las gentes, rebasando los límites de la capital del reino. Todos los males, pues, como era de rigor se trataban con agua. Voy a permitirme, por obligada referencia histórica, transcribir el título de la primera publicación del doctor Pérez, donde puede advertirse que la síntesis no era precisamente una de sus capacidades: “El promotor de la salud de los hombres sin dispendio del menor de sus caudales, admirable método de curar todo mal con brevedad, seguridad y placer; disertación histórico-crítica en que se establece que el agua es el remedio universal de las dolencias”.

Poco tiempo, sin embargo, duró esta situación de armonía entre los componentes del trío, pues enseguida se difunde entre el pueblo madrileño una pequeña publicación del fraile agustino, que amparándose en la fama del ‘médico del agua’ pretende enriquecerse con la venta de unos polvos purgantes. He aquí el título del folleto y ustedes juzguen: “El secreto a voces, arcanidades de los polvos de Aix en Provenza, descubiertos a los embates del agua, disección anatómica de las partes en que se componen estos polvos y razón principal de sus efectos”.

La ingestión de agua para evitar la deshidratación es especialmente esencial en personas enfermas, ya que son muchas las patologías que originan una gran pérdida de líquidos.

Y es así como poco a poco surgen fricciones entre los tres personajes de la pintoresca sociedad, hasta que Carvallo, en dos opúsculos, “La verdad desnuda” y “El médico de sí mismo” , revela que todos los escritos han salido de la mano del gazmoño y perillán fraile, cuya finalidad no era otra que mercadear con los polvos purgantes de Aix en Provenza.

Si no era poco el descrédito habido con estas revelaciones, al método del agua le llegó definitivamente su oscuro final al haber fracasado, tanto como los polvos milagrosos, en unas “tercianas sencillas que se le doblaron –al fraile- con el agua y sus milagros, pues desde las cinco de la tarde que principió la ascensión hasta las doce de la noche que duró la calentura, le administró el doctor Pérez treinta y dos cuartillos de agua de limón, y todo de excesiva frialdad. Y no aprovechando al maestro, recurrió éste a pedir auxilio a la quina” como se recoge en “La verdad desnuda” . Y así terminó la fama del galeno y los prodigios de los polvos del fraile, a pesar de haber acudido aquél al Consejo de Castilla, suplicando su alto juicio sobre los métodos hídricos por él practicados y difundidos.

Sin embargo, no todo concluyó, porque el sedimento de su método en forma de publicaciones fraileras viajó hacia el sur, y en Sevilla resurgió quince lustros después de la mano de don Pedro Vázquez, galeno dedicado también al ejercicio de la platería y que, con motivo de una grave epidemia de cólera, puso en marcha con largueza el método hídrico, administrando a los enfermos grandes cantidades de agua junto con algunos tónicos, como vino selecto y caldos de carne, todo ello en una época previa al descubrimiento del “vibrio colerae” , utilizando solamente el sentido común en unos enfermos que habían perdido el sentido a causa de la grave deshidratación que el mal acarrea y luchando de paso contra la tenaz y bárbara terapéutica de los médicos anclados en una praxis rutinaria, ineficaz y casi cruel de sangrías y cantáridas. Don Pedro Vázquez, a quien con más merecimiento le corresponde el apelativo de ‘médico del agua’, deja, pues, tras veintiséis años su platería y sale a las calles de Sevilla a curar coléricos, que si no morían a causa del propio mal, lo hacían a manos de médicos incompetentes, que ya hasta habían olvidado el elemental principio de la praxis médica: “Primum non nocere”.

Todo su procedimiento ha quedado legado en su obra titulada “Memoria histórico-médica sobre la enfermedad conocida con el nombre de cólera morbo, escrita por el licenciado D. Pedro Vázquez, profesor de Medicina en esta Ciudad (Sevilla, 1834)”. En ella y en otro alegato indica a los señores de la Facultad que “el agua conviene a los tres medios por los que la naturaleza expele los humores viciosos: sudor, cámara e insensible transpiración”. Y llevaba razón.

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