La genética sola no explica las causas del trastorno mental

No es una coincidencia que la franja de edad más común para el debut de los trastornos mentales graves se sitúe en la adolescencia o inmediatamente después,ha explicado Lourdes Fañanás,de la Universidad de Barcelona,a Diario Médico.

“El cerebro es un órgano diseñado por la evolución para captar el ambiente de una forma muy sutil, sobre todo las emociones e intenciones de los demás seres humanos”. La frase corresponde a Lourdes Fañanás, profesora titular de la Universidad de Barcelona, doctora en Biología y licenciada en Medicina y Cirugía y ponente en la jornada Cerebro, Psiquiatría y Sociedad organizada en Vitoria por la Sociedad Vasco-Navarra de Psiquiatría. “No obstante, en esta capacidad cerebral participan no sólo los genes característicos de nuestra especie, sino también el ambiente durante la primera infancia, que debe permitir la adecuada expresión de nuestro potencial genético e incorporar en nuestro cerebro la representación cultural del mundo en que hemos de sobrevivir posteriormente. En cierta manera, estaríamos diseñados por la naturaleza para tener unos buenos padres y una buena infancia”.

Una persona con un trastorno mental grave, en fase activa, pierde su capacidad para establecer un vínculo adecuado con la realidad

Cuando aparece el mundo, acabada la adolescencia, el ser humano ha de enfrentarse a una serie de cambios fisiológicos y sociales que ponen a prueba su función mental y determinarán la emergencia de un trastorno en el caso de existir vulnerabilidades para ello. “No es baladí que la franja de edad más común para el debut de los trastornos mentales graves se sitúe en la adolescencia, o inmediatamente después, aunque la mayoría de trastornos mentales sean diagnosticados más tarde y empiecen su tratamiento entre los 20 y los 35 años de edad, cuando muchos aspectos biográficos de la persona están construidos”.

La especialista ha apreciado que “es importante enviar el mensaje de que una persona con un trastorno mental grave, en fase activa, pierde su capacidad para establecer un vínculo adecuado con la realidad; no se reconoce a sí misma ni a los demás, o lo hace de una manera totalmente nueva; esto genera un enorme desconcierto y sufrimiento y explica la única percepción que los demás podemos tener de la salud mental de dicha persona: su conducta extraña”. Sólo cuando las conductas están verdaderamente desajustadas en relación a las actividades propias de la vida cotidiana, empiezan a reconocerse las patologías mentales como tales por parte de los demás, “lo cual no quiere decir que la experiencia interna del enfermo no esté alterada desde mucho tiempo atrás”.

Las experiencias de la infancia pueden modificar aspectos biológicos cerebrales de relevancia para responder al estrés en la edad adulta
Factores genéticos
¿Dónde y cuándo comienza a sangrar esa herida? Fañanás presupone que es complicado establecer un punto de arranque neurobiológico del síntoma o de su causa. “Hay una parte de influencia genética en esa desregulación funcional del cerebro que ya fue señalada en el inicio del siglo XX por parte de los psiquiatras e investigadores de la época, que identificaron claramente la existencia de factores hereditarios que se manifestaban igualmente en niños de alto riesgo que eran criados en familias adoptivas”. Esta raíz genética se expresa “en los trastornos bipolares, la esquizofrenia y, en menor medida, en la depresión, un diagnóstico que probablemente encierra una gran heterogeneidad de trastornos”.

En cualquier caso, no resulta sencillo precisar hasta qué punto la genética predispone a una persona a padecer una enfermedad mental. “Desde el punto de vista estadístico cuando hablamos de heredabilidad de un trastorno genéticamente complejo, como la esquizofrenia, estamos describiendo el porcentaje de variabilidad que observamos en la población que puede ser explicado por factores genéticos; en el caso de las psicosis esta proporción es superior al 80 por ciento, pero sigue existiendo una parte importante atribuible a factores ambientales, entre ellos, infecciones tempranas, consumo precoz de cánnabis o maltrato en la infancia”. Es muy posible que se necesite la interacción de varios genes y factores ambientales para comprender la mayor parte de casos observados, y que sólo un pequeño porcentaje de pacientes deban su enfermedad a uno o pocos factores genéticos o ambientales.

Sin embargo, y “aunque sabemos de la existencia de estos factores genéticos moleculares, por el momento no podemos usar dicha información para hacer ningún tipo de diagnóstico de riesgo, ya que confieren una vulnerabilidad pequeña en cada persona y no explican la etiología última de la disfunción cerebral”.

Experiencias tempranas
Finalmente, Fañanás ha señalado que “las experiencias de la infancia pueden modificar aspectos biológicos cerebrales de relevancia para responder al estrés en la edad adulta, como es el número de receptores relacionados con el estrés situados en zonas del cerebro como el hipocampo”.

PATOLOGÍAS GENÉTICAMENTE COMPLEJAS
“Las enfermedades mentales graves son genéticamente complejas”, ha dicho Lourdes Fañanás. “En ellas intervienen experiencias vitales que interactúan con factores biológicos y genéticos de vulnerabilidad”. Para comprender la frecuencia de la depresión -dos mujeres por cada hombre afectado- se podría añadir “una explicación biológica”. “Hay razones neurobiológicas y genéticas que determinarían una menor capacidad del sistema serotoninérgico de las mujeres para responder al estrés, y que explicarían algunas diferencias observadas en la manifestación de síntomas depresivos”. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los estudios epidemiológicos han reconocido la importancia de los acontecimientos vitales como factores de riesgo. “Los trabajos de Kenneth Kendler, del Instituto de Salud Mental de Bethesda, en Estados Unidos, ya mostraron que los acontecimientos de la vida ligados a pérdidas y a humillación se asociaban al debut de depresión”.

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