"Tratamientos curiosos de la Medicina popular"

Los remedios populares que las gentes que habitan el medio rural han venido utilizando para sanar males menores, o no tanto, se encuentran muy próximos, en su origen y práctica, a las supersticiones. Unas y otros, las supersticiones médicas y los remedios populares, constituyen ese rico acervo de nuestros mayores, una rama del folclore que se ha dado en llamar “folk-medicina”, de la que grandes humanistas médicos se han ocupado en profundidad. Folclore es un vocablo de etimología muy atinada (saber del pueblo) que nace en 1846, acuñándose por primera vez en la revista ‘Atheneum’. Algo más tarde adquiere carta de naturaleza en España, de la mano de Antonio Machado, que funda en Sevilla, en 1881, la sociedad ‘El Folklore Español’ para estudiar todo aquello que dimane del saber del pueblo en cualquiera de sus ricas manifestaciones.

Hasta finales del siglo XIX la Medicina no contó con medios diagnósticos y remedios eficaces para curar las enfermedades, de tal forma que, no existiendo además sistema alguno de protección social o de seguridad social, llegó a formarse, por acumulación, una suma de conocimiento popular médico, heredado por tradición popular, que tenía sus orígenes en los consejos dimanados de los que habían padecido un mal semejante y habían curado, o bien de los que habían visto parecida enfermedad en algún pariente, tal como en la Antigüedad sucedía en Mesopotamia donde los enfermos eran transportados a los mercados y allí todos los que sabían algo relacionado con aquella dolencia se creían obligados a dar consejos. Por otra parte, parece ser que inherente a la condición humana es el aconsejar como infalible, sin base científica alguna, toda clase de remedios en consonancia con el proverbio popular: “De médico, poeta y loco todos tenemos un poco”.

Fue así como la Medicina popular enriqueció sus procedimientos y extendió su campo de actuación gracias tanto a la incultura de las gentes, buen caldo de cultivo de las supersticiones, como a la ineficacia de los médicos que con sus escasas, peligrosas y erróneas técnicas eran incapaces de dar respuesta efectiva a las enfermedades. Tan escasa e ineficaz era la terapéutica médica que no pocos escritores, incluidos los del Siglo de oro, se burlaban cruelmente de aquella pobre Medicina. Famoso es el comienzo del entremés ‘El médico’ de Quevedo:

“¿Tú sabes qué es Medicina?
Sangrar ayer, purgar hoy,
mañana ventosas secas
y esotro kirieleyson…”

En este artículo, y como muestrario de la medicina popular, voy a exponer algunos de aquellos procedimientos, muchos de ellos errores, sin duda, pero ante los que nada podía hacer la Medicina oficial del momento. Algunos han persistido hasta nuestros días.

Uno de los remedios más populares han sido los purgantes, de tal forma que su uso periódico independientemente del estado de salud, resultó habitual.

Asimismo, desconociéndose las contraindicaciones, los efectos secundarios en algunos casos eran desastrosos. Es lo que acontecía en el llamado “cólico miserere”, peritonitis derivada de la perforación de una úlcera de estómago o por la evolución espontánea de una apendicitis. No existiendo cirugía totalmente efectiva en aquellos tiempos, por carencia de técnicas anestésicas y antiinfecciosas correctas, sólo podía asistirse a aquellos procesos con impotente paciencia, esperando la mejoría espontánea, que nunca se produciría si el enfermo ya grave era purgado drásticamente. Los purgantes llamados entonces catárticos eran más peligrosos que los laxantes o minorativos, pero unos y otros se administraban larga mano, sin tener en cuenta el cantar sentencioso de la época:

“No te aficiones a purgas
ni las tomes sin receta,
pues suelen más bien dañar
ni valen lo que la dieta”.

De error, en este caso administrativo y eclesial, tildaban los galenos la forma de cristianar, es decir, de bautizar. Leemos lo siguiente en una interesante publicación de Legüey: “A fuerza de reclamar contra la costumbre funesta de administrar el bautismo con agua fría, se ha conseguido se haga con agua templada y en la sacristía donde en invierno puede haber fuego: pero esta concesión por grande que parezca, no es suficiente, porque no se evitan así los peligros a que exponemos a los recién nacidos con solo extraerlos del regazo de la madre. ¿No sería más conveniente y no podría la Iglesia hacer con el sacramento del bautismo sin excepción ni distinción de pobres y ricos, lo que hace para administrar la Extrema Unción?”.

A estos comentarios, el doctor Denamiel de Castro, en 1879, añade: “Muy justo nos parece este deseo, pero si sólo el bautismo ha de darse al infante en su propio domicilio, y para la inscripción del registro civil ha de pasar a las oficinas, la concesión eclesiástica sería inútil, perdería todo valor y nada se habría remediado. Preciso es conseguir ambas cosas, puesto que se trata de disminuir con estos sencillos medios la mortalidad que tanto lamentamos en los recién nacidos. Es innegable que el tránsito del claustro materno al libre aire exterior debe hacerse gradual y lentísimamente. Cuando esto no se cumplimenta, cuando se obliga a los infantes a tan repentinos cambios atmosféricos, las corizas o catarros nasales, las oftalmías más o menos ligeras y por último un tétanos característico, son las consecuencias inmediatas de estas imprevisiones legales”.

Quizás estos honorables colegas del siglo XIX no sabían que entonces la tasa de mortalidad infantil era de 200 fallecidos menores de un año por cada mil nacidos vivos, no siendo cura ni sacristán responsable de tan alarmante cifra.
Eficaz febrífugo contra toda clase de calenturas resultaba pronunciar determinado número de veces la palabra cabalística “Abracadabra” que, además, escrita en once renglones desechando una letra en cada uno de ellos, de forma que resultase un triángulo, adquiría sublimes propiedades curativas, auténtica panacea. No en vano procede de la voz griega ‘abraxas’, cuyas letras, en griego, suman 365, siendo por tanto palabra simbólica que representa el curso del sol a lo largo de todo el año.

De errores médicos pueden calificarse las prácticas realizadas con recién nacidos, que sometidos a bárbaras manipulaciones y compresiones exageradas pueden contraer deformidades y accidentes. Extraña, al menos, resulta también la costumbre de embadurnar con sangre de placenta la delicada piel del niño, so pretexto de transmitirles delicada blancura.

Aunque no clasificable como error de la Medicina popular, pues a un galeno acreditado, Jerónimo Soriano, corresponde la recomendación del procedimiento, debe considerarse aquí el curioso remedio casero para curar la bizquera o vuelta vista: “(…) se debe poner la cuna en tal posición que le dé la luz derechamente de medio en medio entre los ojos y no de lado o a parte que haya de volver y torcer el niño los ojos. Pero si comenzase a manifestarse la bizquera, pondrá la cuna de modo que tenga la luz a la parte contraria a la que ha comenzado a tomar el vicio, para que le sea forzoso volver la vista de aquella a do declinaba el defecto. Y advierte que no les dejen llevar de chiquillos largo el cabello; porque dejándoseles hasta la mitad de la frente y sobre las cejas, para querer verlo pueden tomar el vicio”. Dicho queda.
Preocupación generalizada existía también con motivo de los baños, sobre todo cuando eran ordenados por el médico fuera de la estación en que por costumbre llegaron a generalizarse o en edad no conveniente, de tal forma que el adagio “de cuarenta para arriba no te mojes la barriga” era sentencia firmemente creída, siendo pues grande imprudencia hacerlo pasada la cuarentena, aunque “hay casos especiales en que el médico se ve precisado a ordenarlos en individuos que pasan de esta edad, particularmente en las mujeres cuya menopausia tanto lo reclama”, según decía Denamiel de Castro.

La patogenia y tratamiento de las verrugas en la Medicina popular se encuentran cercanos a las supersticiones. Se afirmaba que son muy pocas las que no dependen de la influencia celeste, “tanto es así, que muchas personas no quieren fijar la vista en el cielo durante la noche, por el justo temor de verse plagadas de esos tubérculos epidérmicos, callosos e insensibles, que tan fácilmente se desarrollan en la piel del individuo que por distracción cuenta las estrellas”. Pero si fácil es el mecanismo de transmisión, la celestial forma de adquirirlas, tampoco es difícil el deshacerse de ellas, ya que es efectivo tratamiento el contar las verrugas, tomar granos de sal en igual número y arrojarlos a un lugar apartado. Desde ese instante las verrugas marchan al cielo en busca de su ‘buena estrella’.

En aquella época, no demasiado alejada históricamente, pues estamos considerando la segunda mitad del siglo XIX, determinadas anomalías congénitas predisponían a encontrar rasgos de animales en el recién nacido, y no era sólo a nivel popular donde se pensaba que el feto humano puede nacer con piernas de caballo y pico de loro, sino que existían determinadas prescripciones legales que así lo afirmaban taxativamente: “no deben tenerse por hijos ni herederos los nacidos sin forma de hombre, como los que tengan cabeza u otros miembros de bestia”.

Rechazando unos los caprichos de la gestante como causa de tales anomalías, buscaban otros la explicación en las iras divinas, rectificando en posterior razonamiento que tal cosa no es posible porque esa Justicia no puede faltar nunca a los principios de equidad.

Aunque los antojos de las embarazadas no tenían mucho crédito en aquella época (más tarde lo recuperaron), sospechábase que en muchas ocasiones los deseos no satisfechos de la gestante podían dar lugar tanto a un extenso lunar que emborronaba la piel como a una notable deformidad que deslustraba la figura del pequeño. Y aunque los médicos de entonces no creían en los antojos como causa de estas anormalidades, aconsejaban, sin embargo (por si acaso, digo yo) “a las que padecen antojos, que no lleguen a realizarlos sino después de meditarlos bien, y tener la seguridad que en nada pueden perjudicar al nuevo infante. Esto lo decimos, teniendo en cuenta la docilidad con que las mujeres en estos casos se entregan a las mayores extravagancias, en cuyo caso la familia debería consultar con algún médico ilustrado, a fin de buscar el remedio moral o material que las circunstancias reclamasen” (“Taumaturgia médica”. 1879).

Aunque existían muchísimas recetas para combatir la fiebre (fenómeno sintomático en el sentir de Broussai) y su enumeración resultaría prolija y aburrida, sí quiero resaltar un remedio tan curioso como gracioso. Me refiero al monólogo que se aconseja tener con el tomillo antes de que salga el sol, que el hacerlo con constancia al rozar el alba era considerado remedio infalible contra toda suerte de calenturas.

Sí es superstición médica pero no resisto la tentación de aquí relatarla, el uso de los diferentes objetos que preservan o restituyen la salud y que se ha dado en llamar “reliquias médicas”. Son las muelas de los sietemesinos, los huesos de muerto, las hojas de maro, de romero, las de palmera cogida en Domingo de Ramos, los zapatos de un juan, la sal en grano, las castañas silvestres, la raíz de verbenaza, el imán, la calcedonia y la amatista.

Portar una de esas muelas en un bolsillo es preservarse de las afecciones de la boca; los zapatos de un juan son remedio casi infalible contra las convulsiones epilépticas; la amatista es mano de santo para la embriaguez alcohólica; el imán sostiene la metrorragia; y tener la verbenaza es poseer un tratamiento eficaz contra las fiebres.

A los remedios de la Medicina popular escapan pocos males, teniendo cabida en ella tanto los orzuelos, dolor de muelas, rijas, herpes, como el hipo y toda clase de hernias. Pero lo asombroso es que esta Medicina es capaz de describir síndromes nuevos, como es el caso del “Padrón”, enfermedad de la comarca malagueña del Alto Guadalhorce, consistente en anorexia, vómitos, dolores abdominales y de piernas, que es debida a “un cambio de posición de la parte interna de la tripa que le cortan a uno cuando nace, debido a un susto”, según Alcántara Montiel.

También las recomendaciones obstétricas o vaticinios del sexo tienen su lugar en la medicina popular. Por dejar constancia de algunos de ellos, expondré solamente dos casos: “A la embarazada se le prohíbe cruzar las piernas o enredar una madeja de hilo, ya que se considera que esto originaría la muerte del feto asfixiado por el cordón umbilical”. Otro más: “entre los rituales de carácter mágico para determinar el sexo se encuentra el colocar a la embarazada una medalla sujeta con la cadena sobre la mano derecha, y si estando en esta posición se mueve formando círculos, el fruto de la gestación será hembra, y varón si describe en su movimiento una cruz”.

En la tierra malagueña donde resido, tierra cálida, donde el sol ralentiza y dulcifica la motricidad animal y seduce casi lujuriosamente el espíritu atiborrándolo de felicidad, he podido recoger, de primera mano, una costumbre relacionada con la muerte. Y de esa costumbre he dialogado con los marengos del rebalaje. Nadie supo decirme a cuándo se remonta esta práctica que trata de dulcificar los sufrimientos que proporciona una agonía que se prolonga, y que, cuando esto ocurre, y siempre en íntima relación con la devoción mariana del enfermo, los familiares aplican al moribundo en la planta de los pies un saco lleno de arena de la playa, que motiva el acortamiento de los padecimientos, acaeciendo pronto el fallecimiento. Ninguno de mis contertulios recuerda un fracaso de tal rito eutanásico que se muestra, pues, a sus entendederas, como infalible.

No voy a extenderme más. Las costumbres del pueblo relacionadas con el ‘arte’ de curar, colmadas de fantasías acumuladas durante siglos, son fuente de aciertos unas veces y de fracasos otras muchas, pero en todo caso siempre nos darán la oportunidad de reflexionar sobre la historia de los pueblos expresada a través de la sabiduría popular.

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