La mirada,ese gesto tan importante

La mirada, ese gesto tan importante

La mirada es un gesto cargado de resonancias anímicas. Los médicos la han utilizado, desde que existe su oficio, como un instrumento de exploración. Por un lado, está la mirada del enfermo que puede en muchas ocasiones mostrar indicios de su padecimiento y, desde luego, se posa siempre en los médicos en demanda de ayuda y en expectativa de adivinar el pronóstico de su enfermedad. Pero es la mirada del facultativo la que cumple esa función instrumental que muchas veces, aun en la época de la sofisticación tecnológica, no puede ser suplida por otros métodos, que con razón se llaman complementarios.

Dr. José Ignacio de Arana Amurrio. Profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid.

Siguiendo el diccionario de uso del español de doña María Moliner, mirar es “aplicar a algo el sentido de la vista para verlo”, y mirada, la “acción de mirar”. Pero Moliner destaca un importante detalle al que no aluden otros lexicones, cuando explica el significado de mirada dice que “se considera como algo que sale de los ojos y llega al objeto”. Es un matiz que ya había expuesto Antonio Machado al escribir en sus Proverbios y Cantares que dedicó a Ortega y Gasset: “El ojo que ves/ no es ojo porque tú lo veas,/ es ojo porque te ve.” En cualquier caso, la mirada es la forma en que el hombre se pone en relación con el mundo y, desde luego, con las otras personas, a través del órgano de la visión. Para el gran estudioso de los símbolos Juan Eduardo Cirlot, “mirar, o simplemente ver, se identifica tradicionalmente con conocer (saber, pero también poseer). Por otro lado, la mirada es, como los dientes, la barrera defensiva del individuo contra el mundo circundante: las torres y la muralla, respectivamente, de la ciudad interior.”

Xavier Zubiri,filósofo español.Estudia filosofía en 1919 con Ortega y Gasset:
Naturaleza,Historia,Dios(1943),Sobre la Esencia(1963),e inteligencia sentiente
(3 vol.1980-1983)

Ortega y Gasset

A veces, ese gesto tan cargado de resonancias anímicas puede suscitar en quien lo recibe una emoción incomparable con otras actitudes. Petrarca crea la nueva lírica del Renacimiento inspirado por Laura con la que, confiesa, no cruzó más que una sola mirada en toda su vida. Bécquer, en una de sus primeras Rimas, ofrece “por una mirada, un mundo”. El lector aficionado al cine recordará, sin duda, la seductora imagen de la mirada perdida de Greta Garbo en la escena final de la película “La Reina Cristina de Suecia” que Rouben Mamoulian rodó en 1933. Richard Wagner hace uso de la mirada entre los protagonistas de su “Tristán e Isolda” para establecer entre ellos un acto de reconocimiento y de comunicación absoluta. Y así, podríamos seguir poniendo ejemplos de miradas subyugadoras; ni una palabra, sólo unos ojos a través de los que se vuelca todo un mundo interior.

Puestos a buscar miradas singulares es necesario detenerse en la de los niños. Éstos, desde sus primeros meses de vida, cuando el desarrollo de la retina y de las vías de transmisión óptica lo permiten, y hasta que acaba el período que se denomina de la primera infancia, miran siempre directamente a los ojos de la persona que tienen frente a sí, incluido el pediatra que los explora o alguien a quien no han visto nunca antes. Es un detalle que suelo hacerles observar a los alumnos que se inician en las prácticas de mi especialidad médica. El niño fija sus ojos en los nuestros y nos damos cuenta de que no sólo está dándonos a conocer sus sentimientos sino de que está atento a captar en cada instante los nuestros. Nada se puede ocultar a esa mirada diáfana,inapelable del niño. Por eso, aunque muchos médicos no pediatras no piensen así, nuestra actitud y nuestra propia mirada en su presencia han de ser exquisitamente cuidadas; nos están analizando tanto o más que nosotros a ellos. La mirada de un niño es la imagen más perfecta de la inocencia, de la falta de malicia, pero, a la vez, una tremenda y permanente interrogación hacia nosotros; nos pregunta constantemente por todo, es el signo de una voracidad por saber que es obligación de los adultos saciar y hacerlo con sinceridad. No es fácil, no, resistir a veces la mirada cándida pero exigente de los niños; los ojos de un niño son los más tremendos testigos del mundo adulto que le rodea, testigos que quizá no comprenden lo que ven pero que, por una suerte de magia que sólo tiene la niñez, serán terribles acusadores de nuestras malas acciones –y por eso pagan tantas veces con el maltrato ese testimonio- o el mejor premio cuando se embellecen todavía más con una sonrisa ante nuestra actitud para con ellos.
¿Existe algún espectáculo más bonito que ver la mirada sorprendida y excitada de un niño la mañana del día de Reyes?

Es un dato pediátrico de primera magnitud –que no se suele enseñar en las clases- el saber que uno de los indicios más fiables de enfermedad en un niño es la pérdida o disminución de la habitual vivacidad de su mirada. Los ojos tristes de un pequeñín – aun de un lactante de pocos meses- nos deben servir de alerta de que algo no funciona como es debido en ese organismo.
El niño mayor y una gran parte de los adultos pierden o escamotean aquel signo de relación. Efectivamente, qué pocas personas miran a los ojos de su interlocutor tanto cuando le escuchan como, sobre todo, cuando son ellas las que hablan. El punto hacia el que un individuo desvía la mirada al contestar una pregunta que roza su intimidad, cuando no mira de frente a quien la formula, es un acto inconsciente pero, sin embargo, de gran valor proyectivo como bien saben los psicólogos dedicados a la selección de personal mediante entrevistas con los candidatos, y también quien se ocupa de psicología clínica y forense. Los ojos dirigidos hacia arriba y a la derecha en los instantes previos a responder significan, según rigurosos estudios de este campo, sinceridad en el proceso mental que transcurre en la mente del sujeto y, por tanto, en la contestación; hacia arriba y a la izquierda, advierten de una más que probable elaboración de la respuesta que se traducirá en alguna forma de falsedad de ésta.

En el habla española la mirada entra a formar parte de muchas expresiones que requieren muy poca o ninguna explicación para quienes nos relacionamos en esta lengua, pero que a menudo son entendidas con dificultad por los que piensan y se expresan en otro idioma. Valgan unos pocos ejemplos.

Mirada de reojo, de soslayo
(“… Y luego, incontinente,/ caló el chapeo, requirió la espada,/ miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.”, escribe Cervantes en su célebre soneto al Túmulo del Rey Felipe II); mirada furtiva, huidiza, perdida, penetrante, cálida, tibia o fría; mirar por encima del hombro, de arriba abajo; devorar con la mirada, sostenerla; y algo tan sutil en su interpretación como mirar mal a alguien y que, sin embargo, ha provocado y sigue haciéndolo en esta España nuestra graves altercados, a veces hasta teñidos de sangre, entre gentes que parecen imitar el ejemplo goyesco de la trifulca a garrotazos.

Los médicos utilizamos la mirada, desde que existe nuestro oficio, como un instrumento de exploración. Por un lado está la mirada del enfermo que puede en muchas ocasiones mostrar indicios de su padecimiento y, desde luego, se posa siempre en nosotros en demanda de ayuda y en expectativa de adivinar el pronóstico de su enfermedad. Pero es nuestra propia mirada la que cumple esa función instrumental que muchas veces, aun en la época de la sofisticación tecnológica, no puede ser suplida por otros métodos que con razón se llaman complementarios. Entre los procedimientos canónicos de la exploración clínica –con demasiada frecuencia minusvalorados en la enseñanza académica y en la práctica asistencial actuales-, la inspección ocupa por algo el primer lugar. El médico, una vez realizada la más completa y exacta anamnesis y antes siquiera de utilizar sus manos, mira, observa e inicia con ello todo el proceso mental que le habrá de conducir hacia el diagnóstico. Los libros clásicos de propedéutica –vaya desde aquí mi recuerdo agradecido al del Profesor don José Casas y al Noguer y Molins que tanto manoseé en la Facultad- dedicaban amplios capítulos a este método de la inspección. Mirar al enfermo, desnudo de ropa y de muchos de sus prejuicios ante nuestros ojos, se erige en un acto de especial confianza entre ambos protagonistas, en un peculiar diálogo sin palabras. El médico siente sobre sí los ojos ansiosos, confusos, avergonzados quizá, inquisitivos siempre, del paciente; y éste los avezados, exploradores profesionales e instruidos del médico, que recorren su cuerpo, su intimidad, buscando señales como quien se pone por primera vez delante de un texto hermético al que hay que buscarle un significado oculto más allá de lo que aparece a simple vista. En esos primeros momentos, el médico debe ofrecer una imagen de seguridad, de saber lo que busca, si no quiere que el paciente comience a incomodarse. Además, la mirada del médico debe inspirar benevolencia y respeto hacia el enfermo que de ese modo ha hecho abdicación de su natural pudibundez ante él. El paciente ha de sentirse, decía antes, protagonista del momento pero, sobre todo, objeto único del interés y del saber curador del médico. Tres profesionales de la larga lista de grandes maestros del saber hacer médico que hemos tenido en España han dedicado referencias a esta actitud. Letamendi decía que el médico se debe sentar a la cabecera del enfermo “en actitud de poder ser retratado”; de poder ser retratados los dos, debió de añadir el autor. Marañón aconsejaba que al explorar a cualquier paciente, por humilde que éste fuera, se sintiese “como si el médico estuviera explorando al rey”. Laín Entralgo escribió amplísimos textos sobre la importancia de la mirada exploratoria en su libro “La relación médico-paciente” y en muchos otros de sus libros de obligada lectura para quien se considere a sí mismo como un profesional de la salud integral humana y no un mero biólogo especializado en el hombre como ser vivo.

La mirada del médico, pues, es tan importante por lo que mira como por la manera en que lo mira y en su caso se hace realidad la definición de María Moliner a que aludí más arriba: “algo que sale de los ojos y llega al objeto”.

Por supuesto que la acción de la mirada no se agota en el procedimiento de la inspección física. Durante el resto de la actuación del médico frente al enfermo continuará siendo primordial que aquél mire a éste: en el resto de la exploración, al comunicarle el diagnóstico, cuando indica una prescripción terapéutica y, más que nunca, al emitir un juicio pronóstico, lo que interesa y preocupa más al paciente y a sus allegados. Una vez más habrá que resaltar también la importancia de que, en todo caso, el médico mire directamente a los ojos de su interlocutor; la mirada huidiza desconcierta y hace desconfiar al paciente, algo imperdonable en una relación que desde los orígenes de la medicina se ha basado precisamente en la confianza.

Acabo de hablar de la mirada del médico que, junto con la de la madre hacia el hijo y la de la persona amada, constituye una fuente de seguridad para el individuo, y ahora toca referirse a otro tipo muy diferente de miradas: las amenazadoras, peligrosas o directamente dañinas. Este grupo, es bien cierto, se encuentra agazapado en el amplio y misterioso mundo de la fantasía, de la superstición y hasta del folclore, pero, desde luego, pertenece al imaginario popular tan influyente, aun sin quererlo ni acaso saberlo, en nuestra vida cotidiana de gentes de la era positivista. Carl Gustav Jung estudió muy a fondo ese mundo y cómo aflora por doquier y nos habló de arquetipos y de inconsciente colectivo en su obra psicoanalítica creando, a mi juicio, la más sugestiva de estas escuelas.

El mal de ojo es una creencia extendida entre los hombres desde la más remota antigüedad. También es conocido como fascinación, del latín fascio, que vale por envolver, fajar, vendar o ligar, pues eso es lo que consigue con el espíritu y el cuerpo del aojado la mirada maléfica. El pequeño círculo negro situado en el centro del iris, por donde penetra la luz y con ella las imágenes, se denomina en la mayoría de los idiomas con una palabra que significa “muñequita” o “niña pequeña” –pupilla en latín, niña en castellano– y esa unanimidad ha de tener alguna explicación. La pregunta se la hicieron también Sócrates y Platón, y Alcibiades lo explicó así: “Si alguien mira de cerca un ojo, ve en él su rostro como en un espejo y sucede que es la imagen en miniatura del observador”. En realidad, donde se refleja la imagen es en la córnea que es como un pequeño cristal convexo. Por esa comprobación de que a través de los ojos puede entrar físicamente una persona en el cuerpo de otra es por lo que surgió la idea del aojamiento.

Es, quizá, una modificación de los aún más viejos mitos sobre el poder dañino de la mirada de ciertos animales como el dragón y en especial el basilisco, ser híbrido nacido de un huevo sin yema puesto por un gallo e incubado por una serpiente o por un sapo sobre el estiércol; se le describía, según Cirlot, como animal de cola trífida en la punta, ojos centelleantes y corona en la cabeza (su nombre alude a la palabra basileum que significa rey). Se creía que mataba sólo con mirar, por lo cual solamente se le podría dar muerte viéndolo reflejado en un espejo colocado ante sus propios ojos.

Contra el mal de ojo se han elaborado a lo largo de la historia múltiples “remedios” que la persona debe poner sobre su cuerpo para evitar el efecto de la fascinación. Los más populares son los espejitos en donde se reflejará la mirada maligna que irá a recaer en su productor. Este sencillo artilugio lo lucen muchos trajes típicos, tanto masculinos como femeninos, aunque son más frecuentes en el sombrero de las mujeres, en España y en el resto de Europa. Con el fin de “distraer” el maleficio se emplean amuletos cromáticos consistentes en colocar en lugar bien visible de la persona –especialmente de los niños, los seres más susceptibles e indefensos a estos ataques- algo que concentre la primera mirada, que es la dañina, del aojador sobre ello desviándola del resto de la víctima y “descargando” de esa forma su virulencia. De ahí los lazos de vistosos colores en la cabeza de los niños, sujetos con un prendedor a su escaso pelo de recién nacidos, que se usaron y se siguen usando por muchas familias.

Pero, de todos los “remedios”, el que parece tener mayor predicamento es la higa, esa mano cerrada en puño con el dedo pulgar asomando entre el índice y el dedo corazón en un gesto de claro simbolismo sexual, que asemejando una penetración invoca el principio de la vida que anula las fuerzas del mal. El color llamativo y el poder de la higa se combinan cuando ésta se elabora con coral rojo, si bien tienen asimismo mucho efecto, según quienes entienden de esto, los de azabache. Para los interesados en este asunto debo recomendarles la obra “El mal de ojo. Historia, clínica y tratamiento”, del doctor Fulgencio Alemán Picatoste, que constituyó su “Discurso de Ingreso” en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia y que es un profundo tratado sobre la cuestión, además de un texto de muy agradable lectura que nos muestra la perdurabilidad de estas creencias y explica el origen arcano, pero natural al fin, de las mismas. Igualmente recomendable por las mismas razones es el “Discurso de Ingreso” en la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas del doctor Ángel Rodríguez Cabezas titulado “Las supersticiones, reliquias olvidadas de folclore”.

Como colofón a este rápido repaso sobre algunos aspectos de ese acto humano de mirar, quiero traer aquí unos versos que para mí son de los más hermosos de la literatura española de todos los tiempos y que quizá sintetizan como ningún otro texto lo que una mirada puede hacer y, sobre todo, lo que esperamos de ella. Son el “Madrigal”, escrito en el siglo XVI por el poeta castellano Gutierre de Cetina:

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos
más bellos sois a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

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